Orwell en Cataluña: llegada a Barcelona

El 26 de diciembre de 1936, un joven británico cruza la frontera francesa para entrar en España. Su nombre es Eric Arthur Blair, aunque se granjeó su fama como escritor y periodista bajo el pseudónimo de «George Orwell». Su destino en aquellas Navidades fue una Barcelona revolucionaria que era inspiración para los antifascistas de todo el mundo. Habían pasado casi seis meses desde el levantamiento de un grupo de generales contra el gobierno de la Segunda República. El fracaso de su golpe de Estado, en cuyo desenlace fue decisiva la intervención de miles de milicianos de partidos y sindicatos afines al ejecutivo constitucional, había derivado en estallido de una guerra civil de incierto desenlace.


Las tropas facciosas fueron derrotadas en Barcelona por una combinación de militares leales y civiles, que no dudaron en lanzarse a la batalla para defender a la República. Cuando Orwell pone un pie en la ciudad, queda muy impactado por el ambiente que se percibe. «Todo era extraño y conmovedor». Los sindicatos y partidos obreros habían tomado el control de la situación, iniciando un proceso de transformación que en Cataluña tendría como protagonistas a la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), la socialista Unión General de Trabajadores (UGT), el marxista pro-soviético Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) y el trotskista Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).


Orwell había viajado a España porque entendió que lo que ocurría podía reproducirse en el resto de Europa. Pensaba que tenía que ir allí y verlo con sus propios ojos. Tenía la intención de pasar una temporada en el país para escribir crónicas acerca de su dramática contienda, pero sus planes drásticamente… Todo lo que vio en el frente de Aragón y en Barcelona le influyó para escribir después sus célebres «Rebelión en la granja» y «1984».



«Había viajado a España con la vaga intención de escribir artículos para los periódicos, pero me alisté en la milicia casi enseguida, porque en aquel momento y en aquel ambiente parecía lo único lógico. Los anarquistas todavía controlaban casi toda Cataluña y la revolución aún conservaba intacta su fuerza. Es probable que cualquiera que hubiese estado allí desde el principio pensara que ya en diciembre o enero el período revolucionario estaba tocando a su fin, pero para alguien llegado directamente de Inglaterra, el aspecto que ofrecía Barcelona era abrumador y sorprendente. Era la primera vez que yo pisaba una ciudad donde estaban al mando los obreros. Habían requisado casi todos los edificios y los habían tapizado de banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; habían pintado la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios en todas las paredes; habían saqueado casi todas las iglesias y quemado las imágenes. Aquí y allá había cuadrillas de obreros demoliendo sistemáticamente los templos. En todas las tiendas y cafés había una inscripción que advertía de que los habían colectivizado; incluso habían colectivizado a los limpiabotas, que habían pintado sus cajones de rojo y negro. (...) En las Ramblas, la ancha arteria central de la ciudad por la que multitudes iban y venían constantemente, los altavoces tronaban día y noche con canciones revolucionarias. Y lo más extraño de todo era el aspecto de la gente. A juzgar por su apariencia exterior, aquella era una ciudad donde las clases acomodadas habían dejado de existir. A excepción de unas pocas mujeres y de algunos extranjeros, no había gente “bien vestida”. Casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, monos azules o alguna variante del uniforme de la milicia. Era extraño y conmovedor. Había muchas cosas que se me escapaban y que en cierto modo no acababan de gustarme, pero en el acto comprendí que era una situación por la valía la pena luchar.»


Homenaje a Cataluña (1938), George Orwell.